Durante
los siglos de la Colonia, en el Tucumán Colonial (que abarcaba
el actual noroeste de Argentina) no existió un Tribunal de
la Inquisición. Sin embargo, los “crímenes”
de sortilegio, adivinación y los actos de aquellos que se
dedicaban a la superstición, como los brujos, hechiceros
y practicantes de las artes mágicas, eran abordados por la
justicia ordinaria. Como se desprende de la documentación
relevada en diversas zonas del Perú y el Tucumán Colonial,
el porcentaje de mujeres involucradas en procesos de carácter
inquisitorial es muy alto, por lo que puede afirmarse que en esta
porción de América la hechicería fue una actividad
ejercida predominantemente por el sexo femenino. En la región
del actual Noroeste argentino la mayoría de los juicios tenían
como blanco predilecto a mujeres de los sectores marginados -indígenas,
negras-, las que fueron sometidas a terribles tormentos.
Los juicios a las brujas andinas
Entre los juicios de corte inquisitorial
que hemos relevado en los archivos del Noroeste argentino, podemos
mencionar una querella criminal por embrujamiento del año
1715, seguida contra una india llamada Lucrecia, acusada de emplear
filtros secretos o hierbas venenosas en perjuicio de rivales de
su sexo, todo esto ocasionado por unos "celos apasionados".
Según consta en las diligencias de este juicio producido
en Santiago del Estero, Lucrecia fue condenada a destierro o confinamiento
por toda su vida en el Fuerte de Balbuena.
En otro proceso del año 1761,
en Santiago del Estero se acusa de hechicería a las indias
Pancha y Lorenza, quienes con la aparente ayuda de arañas,
gatos, espinas, ataditos de "jume fresco" y polvos de
tártago provocaban muertes e hinchazones de barriga. Todas
estas demostraciones eran consecuencia de un arte aprendido en una
Salamanca, dentro de la jurisdicción del Tucumán,
en la que "había baile y canto con arpa y guitarra",
mucha gente "en cueros" y "un viborón que
sacaba la lengua mirando a todos" y “pedía sangre”.
Una de las indias es acusada de matar, en el pueblo de Tuama, a
un "indio Colla llamado Melchor, dándole en comida unos
polvos de tártago, y que ésto lo hizo porque el indio
la quizo aporrear, y enojada de ésto lo ejecutó."
Un expediente criminal que resulta
interesante es el obrado contra una hechicera negra, que practicaba
su arte en las ciudades de San Miguel de Tucumán y Santiago
del Estero. En este proceso del año 1703 -centrado en la
enfermedad misteriosa que tiene al filo de la muerte a los amos
de la esclava Inés-, se confrontan los dichos de los protagonistas
blancos, indígenas, criollos y negros que participan en el
caso: indias brujas de Matará y Ampatilla, e indios que sirven
de intérpretes y testigos. También se acumulan interesantes
sucesos: una difunta a la que le brotan espinas de la cara, un sapo
blanco, una víbora verde, un rosario, un demonio que se aparece
en sueños y "en traje de español"...
En este juicio, las prácticas
medicinales científicas y populares se mixturan en un audaz
entrecruzamiento, en tanto el médico convocado para entender
en el caso ejercita métodos de diagnóstico de enfermedades
que pueden equipararse a los de un hechicero. Así, el doctor
Vargas Machuca se convierte en el testigo principal del juicio después
de realizar prácticas mágicas que le permiten conocer
el origen de los maleficios. Dentro de estos experimentos se incluye
la prueba de cocinar un jabón y, dado que el agua se corta,
se establece el maleficio. Otra prueba consiste en verter un huevo
fresco dentro de las muestras de orina de la mujer enferma y de
la propia, para mostrar la diferencia: en el caso de la enferma,
el huevo flota hacia la superficie y en la suya el huevo se hunde
hasta el fondo.
El castigo para la acusada es implacable: tormento, garrote vil
y hoguera, pero antes de sufrir todo eso, se la condena a ser paseada
por las calles de Tucumán sobre "una bestia abominable",
acompañada de una comitiva que salía de la casa del
Inquisidor General y con la voz de un pregonero que repetía
en todas las esquinas: "Esta es la justicia que mandan a hacer
el Rey Nuestro Señor, Dios le guarde, y en su real nombre
el capitán Miguel de Aranciaga, alcalde ordinario y juez
de la causa a esta mujer por matadora y pública hechicera.
Quien tal hace que tal pague".
Confrontando “tradiciones”
La hechicería practicada
por las mujeres campesinas fue uno de los factores que permitió
la re-significación de los rasgos culturales andinos precoloniales,
en contextos sociales rurales, urbanos y multiétnicos. Así,
el hecho de que las brujas asimilaran corrientes culturales diversas,
genera una idea de proceso cultural dinámico. En este contexto
eminentemente conflictivo de alianza con figuras o símbolos
condenados por un sistema religioso y cultural, se consideraba a
estas mujeres como enemigas abiertas del orden social. De acuerdo
a los valores europeos, las brujas, las huacas y el pasado estaban
definidos como "malos", según el esquema de contrapuestos
absolutos "bien/mal". Así, ser bruja, ser adivina,
idólatra o "andina", son actitudes cuyo status
de resistencia llegó a depender casi exclusivamente de los
modos en los que la sociedad española definía dichas
prácticas como negativas, subversivas, amenazadoras y destructivas
del "mayor bien social". La relación de estas tácticas
de sabotaje al orden dominante se traduce en una red de actos destinados
a contravenir o infringir aquella versión de la "tradición"
diseñada desde la sociedad y la historia colonial.